TREINTA Y NUEVE
viernes, 12 de noviembre de 2010
Cuadernos 126 Elogio de Lagasca
TREINTA Y NUEVE
Cuadernos 125 Elogio de Lagasca
Cuadernos 124 Elogio de Lagasca
TREINTA Y SIETE
Nuestro respetable prelado, la municipalidad de Barcelona, las Corporaciones literarias de la ciudad y varias personas distinguidas se esmeraron en hacerle unas exequias correspondientes a su relevante mérito o a lo menos las más lúcidas que permitían nuestras costumbres. Esta Academia, como la más ligada con el ilustre difunto en atención a su objeto, tomó la iniciativa y confió el elogio fúnebre al menor de sus individuos, como si la cortedad del orador debiese realzar más la brillantez del objeto que se le confiaba ensalzar. Todos los periódicos de la ciudad publicaron la relación de dichas exequias y el elogio fúnebre que en ellas se improvisó. Muchos periódicos políticos del reino y científicos extranjeros, manifestaron en diferentes términos cuán sensible debía ser para los amantes de las ciencias entre ellos el artículo biográfico, inserto por su discípulo mensual que se publica en parís bajo el nombre de Anales de Ciencias naturales (véase el número de septiembre de 1840). Los botánicos de todos los países han manifestado por diferentes conductos su dolor por el fallecimiento de La-Gasca y consignado en varias obras los resultados de su laboriosidad, como un monumento eterno de los progresos que le debió la ciencia de los vegetales. Hasta su nombre queda inmortalizado en los fastos de la ciencia. Cavanilles fue el primero que le consagró un género de plantas compuestas en los Anales de Ciencias Naturales, año de 1800, género que comprendía una sola especie americana, “Lagasca mollis”: Humboldt, Bonpland y Kunth adoptaron el género Lagasca que por último ha admitido Decandolle en su Prodomus, tomo 6º, en la tribu de las vernoniáceas, dividiéndolo en dos secciones, la una que comprende la sola especie de Cavanilles, y la otra que corresponde a Lagasca de Lessing y abraza siete especies, todas también americanas. Tiene además nuestro consocio dedicadas muchas especies, que se denominan con su nombre adjetivado o puesto en genitivo. Tales son las crucíferas Iris Lagascana que le dedicó Decandolle en el tomo 2º de su Sistema universale, indicándola como vegetal de los reinos de Valencia Murcia, descrita por nuestro sabio en su Flora Española inédita bajo el nombre de Iberis spathulata, y la koniga Lagascae de Webb (Iber hispaniense, París 1838), planta de Sierra Nevada, hallada por La-Gasca y denominada Alyssumpupureum; la cristinea Heliantheman Lagascoe Dunal, planta española, conocida por nuestro sabio y adoptada con la misma denominación en el tomo 1º del Prodomus; la leguminosa Glycine Lagascoe que se halla descrita en el tomo 2º del mismo Prodomus, y La-Gasca había remitido seca a Decandolle; la compuesta Galoptilium Lagascoe, dedicada por Hooke a nuestro sabio y admitida en el tomo 7º del Prodomus; la violariácea Mnemion Lagascoe Webb (Ibidem), planta de Sierra Nevada, descrita por La-Gasca y Rodríguez con el nombrede Viola cenisia; la borragínea Echium Lagascoe Boissier (Elechus plantarum novarum minusque cognitarum in Hispania australi collectarum. Ginebra, 1838), especie hallada por dicho autor cerca de Málaga y Alhama, que La-Gasca había visto en Cádiz, etc. etc.
Cuadernos 122 LAGASCA, BOTÁNICO AGRÍCOLA

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R. Téllez Molina
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Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias, Madrid
(Recibido el 1 de octubre de 1976)
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Summary. Some aspects of the work of LAGASCA related with his agricultural researches are commented, specially those devoted to Spanish wheats.
Muy pronto en su vida, en 1805, a los 29 años de edad, LAGASCA publicó un artículo (2) donde describía un Triticum aragonense, de grano vestido y que, careciendo de mayor información, resulta hoy imposible situar certeramente en el género Triticum L.
Terminada la guerra de la Independencia, incorporado LAGASCA al Jardín Botánico de Madrid, y nombrado profesor y director del mismo, dio un impulso verdaderamente notable al estudio de las plantas de interés económico. En concreto en el año 1815 redactó y difundió por todas las provincias (sic) españolas un opúsculo estimulando a médicos, farmacéuticos, sacerdotes, alcaldes y público en general a recolectar variedades de trigo y enviarlas al Jardín Botánico de Madrid: este fue el comienzo de la Ceres Hispánica, uno de los más ilusionados trabajos, junto con la Flora Española.
Varios colegas de LAGASCA le ayudaron en la elaboración de la Ceres Hispánica: CLEMENTE, ARIAS, RODRÍGUEZ y otros. De ellos, el más importante y cercano colaborador fue el primero, pero, sin duda, LAGASCA fue el mentor de todos ellos.
Publicó en 1816 Genera et Specie Plantarum quae aut novae sunt aut non recte cognoscuntur donde ya estudió el género Triticum en su conjunto. Se apoyó en LINNEO y aceptó los caracteres diferenciales que éste había establecido para las especies, y asimismo aceptó algunas de las que los inmediatos seguidores de LINNEO habían agregado. Este sistema de especies, para el trigo, resultó muy descriptivo y completo. Sin embargo, al estudiar los trigos de España, y siempre fiel a la sistemática linneana, LAGASCA se encontró obligado a crear ocho nuevas especies que aparecen en las publicaciones citadas anteriormente.
CLEMENTE seguía de cerca, científicamente, a LAGASCA; en 1818 publicó un apéndice, en la edición que hizo la Sociedad Económica Matritense de la Agricultura General de Alonso de Herrera, en que revisaba la sistemática de los trigos cultivados. En este apéndice deja de lado dos de las especies creadas por LAGASCA (T. aragonense Lag. (1805) y T. spinulosum Lag. (1816)), tal vez por no ser trigos cultivados, pero recoge todas las demás y agrega seis nuevas, identificadas entre el material acumulado para la Ceres Hispánica. De todas ellas se conservan pliegos debidamente rotulados en el Jardín Botánico de Madrid.
La proliferación de especies de trigos cultivados siempre era debida a la fidelidad con que ambos botánicos seguían las definiciones linneanas. Atribuían rango específico a la ausencia/presencia y al color de las barbas, y a la ausencia/presencia de vellosidad, y al color de las glumas, aplicando esto especialmente a los trigos duros que, lógicamente, LINNEO no tuvo oportunidad de observar, pero que LAGASCA y CLEMENTE habían estudiado a fondo en sus cultivos del jardín de Madrid.
Ni LAGASCA ni CLEMENTE publicaron más sobre plantas cultivadas pasado 1818. En 1820 fueron elegidos diputados a Cortes (3), y aunque su actividad política debió ser muy reducida –de hecho ninguno de los dos figura en la vida pública en forma destacada-, LAGASCA se encuentra obligado en 1822 a abandonar el Jardín Botánico, abandonar Madrid y, aún, abandonar España en 1823. Existe un escrito de ese año, 1822, en que LAGASCA encomienda a CLEMENTE sus notas y su herbario de la Ceres Hispánica; huye de Madrid, ante la presencia del Duque de Angulema y las tropas de la Santa Alianza en España, y se traslada con el monarca y las Cortes a Sevilla. Lleva consigo el material acumulado para la Flora española, y al salir de Sevilla hacia Cádiz embarcan desordenadamente su equipaje para enviarlo por vía fluvial. En el traslado fueron saqueados o destrozados y, en todo caso, perdidos estos documentos. Por fin, el 1 de octubre de 1823, Cádiz se rinde al Duque de Angulema y los diputados pasan a Gibraltar, y desde allí a Inglaterra, comenzando un penoso exilio que, para LAGASCA, duró once años. CLEMENTE quedó en Madrid y, en 1825, es nombrado director del Jardín Botánico. Muriendo en 1826.
Pasando al siglo actual, poco antes de 1950 se convino una colaboración entre el Jardín Botánico de Madrid y el Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas. Los respectivos directores, el Profesor D. ARTURO CABALLERO y el Ingeniero Agrónomo D. RAMÓN GARRIDO, encargaron a otro colega (M. ALONSO PEÑA) y a mí el estudio y publicación de Ceres Hispánica. Después de conocer lo que existía en el jardín Botánico (herbario, láminas y legajos con multiples notas), investigamos en otras bibliotecas y archivos donde pudiera encontrarse el texto original de la obra que LAGASCA y CLEMENTE afirmaban haber concluido. No tuvimos éxito en esta búsqueda, y estamos inclinados a opinar que, en realidad, los autores no llegaron a redactar y dejar lista para publicación la referida Ceres. Así, pues, revisamos la nomenclatura de los pliegos del Botánico, reordenamos el herbario y recogimos en una publicación (4) todo lo que LAGASCA y CLEMENTE dejaron en forma manuscrita.
Casi simultáneamente el I.N.I.A. realizó otra exploración de las variedades de trigo presentes en España en los años 1950, y lo cierto es que, prácticamente, la colección que obtuvimos fue la misma que LAGASCA Y CLEMENTE lograron reunir 150 años antes. Probablemente, la distribución actual de variedades en nuestras tierras es muy distinta.
La multiplicidad de especies del género Triticum que crearon LAGASCA y CLEMENTE era correcta, si es que se siguen de cerca los puntos de vista de LINNEO. En éste, como en muchos otros casos frecuentes en España, estos aciertos no fueron desarrollados por otros investigadores ni tampoco tuvieron gran eco fuera de nuestras fronteras.
Más de un siglo después Vavilov volvió a resaltar el hecho del paralelismo sistemático de las especies dentro del género, por supuesto sin conocer la labor de LAGASCA y CLEMENTE en los trigos españoles. Sin, embargo, desde entonces se atribuye a Vavilov el principio de las series homólogas, a su vez consecuencia de las leyes de Mendel establecidas unos 50 años después de las observaciones de los dos botánicos españoles.
LAGASCA fue, pues, un botánico moderno y bien informado que intuyó hechos y leyes de alto interés científico como resultado de un trabajo intenso y enfervorizado; que desarrolló su trabajo en difíciles condiciones y que, desafortunadamente, no divulgó eficazmente su resultados.
(2) LAGASCA, M. (1805) Caracteres diferenciales de once especies nuevas de plantas y de otras poco conocidas. Variedades de Ciencias, Literatura y Artes 2 (4): 212
(3) MESONERO ROMANOS (1926). Memorias de un setentón 1: 215. Madrid.
(4) TÉLLEZ MOLINA, R &m. ALONSO PEÑA (1952). Los trigos de la Ceres Hispánica de Lagasca y Clemente. I.N.I.A. Madrid.
Cuadernos 121 Cuento de Navidad

(En a peseprera, espígol xuto)
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Por Chusé María Cebrián Muñoz
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Aquella noche, al acostarse en la cama, puso la mano debajo de la mejilla en una posición que era una forma de acomodo y de sosiego a la vez. De repente sintió que un suave aroma llegaba hasta su nariz. Era un olor profundo y muy grato. Se incorporó del lecho tratando de adivinar el lugar de procedencia. Si acaso, serían vahos que su madre habría puesto en la habitación por prescripción médica. Sin embargo, nada vio ni nada encontró que diera respuesta a su curiosidad. Decepcionada, procuró dormir de nuevo y, al pasar la mano por la nariz tratando de arrebujarse en el lecho, volvió a sentir el aroma en su interior. Aquel olor de nuevo, aquel aroma cálido y penetrante, aquella sensación de paz y de sosiego le permitió dormir sin el más mínimo dolor y sin el más lejano temor. A la mañana siguiente continuó sintiéndose bien, y al día siguiente y al siguiente. El cambio fue radical y sus padres tampoco acertaban a explicarse lo sucedido. Pero ella volvió a hacer el recorrido del día anterior paso por paso, punto por punto, tratando de descubrir qué planta había impregnado el aroma de su mano. Miró, olfateó y probó todo tipo de bayas y frutos otoñales hasta dar con la planta que le daba aquella sensación de seguridad y tranquilidad que ella necesitaba. Su mano acarició sus espigas y al instante toda una sinfonía de aromas la inundaron de nuevo. Había encontrado el remedio para su mal en el conocimiento de la naturaleza, en la maravilla de la creación, en el don que cada día nos dan las plantas. Guardó su secreto como el que guarda el mayor de los tesoros. Nada dijo a sus padres ni a sus amigos del colegio y, sin embargo, desde aquel día tomó con más ahínco el estudio de la botánica y no descuidó sus paseos por el campo observando y clasificando plantas.
En la parroquia, un cura joven estaba preparando la Navidad con todos los niños del lugar. A la caída de la tarde otoñal, cuando el sol se descuelga suavemente sobre las serratillas de poniente y deja onduladas brumas blancas acariciando el estrecho valle del río Frasno, Marimar dejaba sus tareas y marchaba hasta los muros mudéjares del imponente templo. Tenían que hacer un belén viviente y recrear los personajes que se relatan en los Evangelios. Los preparativos fueron largos pero, por fin, todos tuvieron su papel. La escenificación de la Navidad se hizo conforme está reflejada en una pintura que cuelga de los muros de la iglesia. Se trata de un coro de ángeles en lo alto de una nube con un cartel que dice: “Gloria In Excelsis Deo”. Debajo, un grupo de pastores con instrumentos musicales adoran al Niño mientras le ofrecen un corderillo. En la escena central la Virgen y San José presentan al niño que yace sobre una inmaculada sábana blanca. Sin embargo, en la representación de ese año se hizo un pequeño cambio: el niño Jesús no dormía sobre un lienzo blanco, no. El niño Jesús apareció dormido sobre un lecho de espígol en el pesebre del portal de Belén. Solo los padres comprendieron entonces el “milagro” que se había operado en su hija. Miraron, cómplices, a su hija y le sonrieron. Con los años Marimar fue a estudiar a Madrastra. Eran las 20 horas de un 24 de diciembre de 2010 y estaba redactando una biografía del gran botánico encinacorbero, Mariano Lagasca. Sobre la mesa de su laboratorio de la Universidad de Madrastra tenía una probeta con un manojito de lavanda en su interior. Por un instante su mirada tropezó con el espliego, recordó nostálgica aquellos hermosos días de su infancia y apenas pudo contener las lágrimas. El tiempo había pasado tan rápidamente y ya habían dejado su existencia tantos seres queridos… Sonó el móvil y oyó al otro lado del auricular una vocecita tierna y tímida que le decía: “Mamá, te esperamos para cenar”. ¿Recuerdas?... es Nochebuena.*
miércoles, 20 de octubre de 2010
Cuadernos 120 Lagasca y el Origen de la Instrucción Pública
Cuadernos 119 Elogio de Lagasca

A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
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jueves, 23 de septiembre de 2010
Cuadernos 118 Lagasca en la revista del Centro Aragonés de Valencia

José María de Jaime Lorén[1], Pablo de Jaime Ruiz[2]
Efectivamente, entre la Ilustración y el Romanticismo aparece este naturalista de Encinacorba (1776), sin duda la figura más sobresaliente de la botánica española de todos los tiempos. Formado botánicamente en Zaragoza con Echeandía y en Valencia con Vicente Alfonso Lorente, conoció personalmente al célebre naturalista alemán barón de Humboldt quien admiró su habilidad en la determinación de las especies.
En 1800 se trasladó de Valencia a Madrid a pie para herborizar a lo largo del trayecto, llegando a la capital con un enorme herbario y aspecto de mendigo. Allí conoció a Simón de Rojas Clemente surgiendo entre ambos una entrañable amistad que no pudieron romper “ni la ausencia, ni las amenazas de la vil adulación, ni las vicisitudes políticas de nuestra desgraciada patria”. En el Jardín Botánico entró en contacto con Cavanilles al que causó una magnífica impresión científica, que le valió para ser considerado alumno pensionado y la comisión para recoger plantas y datos de geografía botánica.
En 1801 y 1802 Lagasca publicó diversos trabajos botánicos concibiendo la idea de elaborar la “Ceres Española” utilizando el sistema linneano, a diferencia de la “Flora Española” que había iniciado Quer en el siglo XVIII según el sistema de Tournefort. A su vez en las montañas de Asturias encontró el liquen islándico, Cetraria islandica, del que se importaban grandes cantidades para ser usado en farmacia, comunicando muchos de los datos obtenidos a su paisano y amigo Isidoro de Antillón, que los utilizó en su “Geografía de España y Portugal”.
Sus trabajos no siempre progresaron conforme a su voluntad, tal como indicaba al marqués de Rafal: “La falta de recursos para imprimir y el haberme negado el Gobierno de Carlos IV su auxilio, que imploré al efecto, han sido la causa de que no haya publicado ni aquellos mismos trabajos, que manuscritos suplían, en parte, a los discípulos la falta de libros para la enseñanza de la Botánica. No pude ni publicar un resumen por motivos que juzgo conveniente sepultarlos en el olvido”.
Tras la invasión de 1808, José Bonaparte encargó a Lagasca la dirección del Jardín Botánico de Madrid, pero el aragonés huyó a Salamanca para alistarse en el ejército español que combatía a los franceses. Terminada la guerra regresó a Madrid, donde pasó una época de penurias a causa de haber sido acusado de afrancesado e irreligioso, aunque logró la rehabilitación y el nombramiento de director del Real Jardín Botánico de Madrid, cuyo prestigio logró rehabilitar del deplorable estado en que yacía.
Publicó entonces diversas obras hasta que a finales de 1822 se trasladó con el Rey y las Cortes a Sevilla. En los trágicos sucesos sevillanos de 1823 Lagasca perdió para siempre lo más selecto de su herbario, biblioteca y manuscritos que fueron arrojados por los absolutistas al Guadalquivir. Por decreto fueron declarados traidores y reos de muerte los diputados que, como el botánico de Encinacorba, habían votado a favor de la destitución de Fernando VII en la última sesión de Cortes. A través de Cádiz y Gibraltar logró huir a Inglaterra, donde continuó sus trabajos en el Jardín Botánico de Chelsea.
Como el clima londinense no favorecía su salud, pasó a la isla de Jersey donde residiría hasta 1834 publicando diversos trabajos botánicos, hasta la muerte de Fernando VII y la consiguiente amnistía que dio la reina María Cristina. Lagasca regresó a Madrid tras recibir honores a su paso por Francia, y, pese a las intrigas de sus enemigos, fue confirmado como director del Jardín Botánico de la capital.
Cansado, enfermo y con escasos recursos económicos, a fines de 1838 marchó a Barcelona en busca de un clima más favorable, donde falleció el año siguiente.
Además del género que le dedicó Cavanilles, una veintena de especies llevan su nombre como perpetuo homenaje de los botánicos de diversos países. Es significativo que más de la mitad de los numerosos trabajos que estudian su obra, lleven la firma de autores extranjeros.
[1] Universidad CEU Cardenal Herrera. Valencia
[2] IES Francés de Aranda. Teruel

lunes, 21 de junio de 2010
Cuadernos 117 Elogio de Lagasca

Cuadernos 116 Elogio de Lagasca
A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
Cuadernos 115 Elogio de Lagasca

TREINTA Y TRES
Cuadernos 114 Elogio de Lagasca
A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
Cuadernos 113 Elogio de Lagasca

Cuadernos 112 Elogio de Lagasca
A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
Cuadernos 111 Elogio de Lagasca
Cuadernos 110 Elogio de Lagasca
A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
VEINTIOCHO
Cuadernos 109 Elogio de Lagasca
Cuadernos 108 Elogio de Lagasca

A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
VEINTISEIS
El generoso Lambert, el venerable Anderson, el célebre Roberto Brown, los sabios Smith, Lindley, Bentham, Hooker, David Don, Webb y otros, que sólo lo conocían por su brillante fama, le colmaron de testimonios del más alto precio.
viernes, 11 de junio de 2010
Cuadernos 107 Elogio de Lagasca

ELOGIO HISTÓRICO
A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
VEINTICINCO
La fama de sus conocimientos y virtudes de su adhesión a las instituciones sociales fundadas en la Naturaleza, movió a sus compatriotas aragoneses a que le confiasen el arduo y elevado encargo de representante en las Cortes de 1822 y 1823.
La Gasca, siempre español, siempre libre, siempre amante del bien e independencia de su Patria, desempeñó cumplidamente su alta misión y arrostró todos los compromisos de aquel Congreso, que lucho con circunstancias invencibles y sucumbió a un conjunto de perfidias, desafecciones y violencias de que hay pocos ejemplos en la Historia.
En consecuencia pasó a Sevilla llevando consigo sus libros, su herbario y sus preciosos manuscritos, entre otros, los de la "Flora española", que estaba ya en disposición de darse a la Prensa y dejó en poder de su amigo Clemente los manuscritos y ejemplares relativos a la Ceres, en la que trabajaban juntos. Hizo el viaje herborizando, bien ajeno de la suerte que le esperaba en Sevilla, pues todos los intervalos que le dejaron las arduas tareas de la legislatura, las ocupó, entonces como ahora, en el examen de los vegetales, en cuyo estudio encontró el medio de mitigar los disgustos ajenos a la nueva carrera y de controlar su inocente ánimo afligido por las infamias y maldades de los hombres. Son bien sabidos los horrorosos sucesos del día 13 de junio de 1823 en Sevilla: un populacho desenfrenado y atizado por el fanatismo religioso y político se entregó a todos los excesos y arrojó a las llamas o sumergió en el río los equipajes de los diputados y empleados del Gobierno, que se dirigían precipitadamente a Cádiz como al último baluarte constitucional. Entre estos equipajes se hallaba el de La Gasca y casi toda su biblioteca y herbario, que pesaba unas 317 libras y una buena parte de este peso pertenecía a la flora, todo quedó consumido en aquel mar de fuego perdiéndose sin recurso un tesoro de la ciencia, se perdieron los materiales de la gran obra, fruto de 30 años de trabajo y observaciones.
Una masa feroz que en medio de los mayores desórdenes mezclaba con sus alaridos el grito horrible de "muera la nación", ¿ podía representar un bello monumento de gloria y utilidad nacional? La Gasca perdió su tesoro y no se sabe como no perdió la vida. Hasta el último instante de su existencia expresó siempre el sentimiento que le causó tan irreparable pérdida; sólo el que tenga el entusiasmo botánico de La Gasca es capaz de conocer, más nunca expresar la intensidad de su dolor. Oigamos con que calma estoica habla de tamaña desgracia. "Sevilla es el sepulcro de varias producciones útiles de Ciencias Naturales. Allí perdió Clemente el resultado de su viaje por la Serranía de Ronda y de sus observaciones hechas en el Reino de Sevilla en 1807, 1808 y 1809; allí perdió también ricas colecciones, acopiadas entre las balas de los patriotas, el ilustre barón Bory de Saint-Vincent, coronel del Ejército francés; allí se sepultaron para siempre lo más selecto de mi herbario y biblioteca; y lo que es más, todos mis manuscritos, fruto de 30 años de observaciones a excepción de lo concerniente a la Ceres española que todo íntegro quedó en poder de Clemente".
Esto escribía La Gasca en 1827 ignorando haberse salvado del fuego algunos paquetes de plantas que compró en una almoneda de Sevilla el Excmo. Señor duque de la Ahumada, cuando se hallaba de Capitán General de Andalucía y devolvió a nuestro botánico después de su regreso, habiéndole visto entusiasmarse con dichas adquisiciones como si hubiese recobrado un hijo querido y llorado ya por muerto. Pero ¡Qué contraste entre lo poco que recobraba y el gran tesoro que había perdido! ¡ Qué fatalidad, señores, presidió sobre aquella rica y suntuosa capital, cuna de tantos españoles sabios y célebres bajo todos los conceptos!
martes, 11 de mayo de 2010
Cuadernos 106 Elogio de Lagasca
Cuadernos 105 Elogio de Lagasca veintitres

A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
VEINTITRES
lunes, 26 de abril de 2010
Cuadernos 104 Elogio de Lagasca
1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona
VEINTIDOS
jueves, 22 de abril de 2010
Cuadernos 101 Calle Lagasca en Madrid

martes, 23 de marzo de 2010
Cuadernos 100 Elogio de LAGASCA

A
D. MARIANO LA GASCA Y SEGURA
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martes, 16 de marzo de 2010
Cuadernos 99 Elogio de Lagasca VEINTE
ELOGIO HISTÓRICO
1776 – 1839
Por el doctor Agustín Yáñez y Girona